TESTIMONIO DE POLICARPO.

relato de Eusebio de Cesarea. ...

En este tiempo murió mártir Policarpo , cuando enor­mes persecuciones estaban perturbando Asia.

Creo de todo punto necesario consignar en el recuento de la presente historia el relato de su fin, conservado todavía por escrito. La carta está escrita en nombre de la Iglesia que él go­bernaba, para las iglesias de (todo) lugar y declara lo que a él se refiere en los términos siguientes:


Dice l Carta:

«La iglesia de Dios que peregrina en Esmirna a la iglesia de Dios que reside como forastera en Filomelio y a todas las co­munidades de la santa Iglesia unida, forasteras en todo lugar: la misericordia, la paz y el amor de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo se multipliquen .

Os escribimos, hermanos, cuanto se refiere a los que han sufrido martirio y al bienaventurado Policarpo, quien con su martirio , como si hubiera puesto su sello, ha hecho cesar la persecución» A continuación , y antes de re fe rir lo de Policarpo, na­rran lo que atañe a los mártires y describen la constancia que mostraron ante los tormentos, pues cuentan que fueron asombro de los que formaban círculo en torno a ellos y los contemplaban, ya sea dilacerados por los azotes hasta lo más profundo de sus venas y arte­rias, de modo que se podían observar los entresijos de su cuerpo,sus entrañas y sus miembros, ya sea a otros, extendidos sobre obeliscos de puntas afiladas, y entregados por último como pasto a las fieras, tras haber pasado por castigos y tormentos de toda especie.

Y cuentan que se distinguió muy especialmente el nobilísimo Germánico, quien, con ayuda de la gracia divina, se sobrepuso a la natural cobardía ante la muerte de su cuerpo. El procónsul quería persuadirle y alegaba como pretexto su edad, y le suplicaba que, pues se hallaba en plena flor de su juventud , tuviera compasión de sí mismo; pero él no vaciló, sino que, animosamente, atrajo hacia sí a las fieras, casi forzándolas y azuzándolas, para poder ale­jarse más rápidamente de la vida injusta y criminal de aquéllos.

Ante la gloriosa muerte de este hombre, la muchedumbre toda se asombró viendo la valentía del mártir y la virtud de todo el linaje de los cristianos, y todos a una comenzaron a gritar: '¡Mueran los ateos! ¡Que se busque a Policarpo!' .

Y habiéndose creado con el griterío una gran confusión, cierto hombre de Frigia, llamado Quinto , llegado recientemente de Fri­gia, al ver las fieras y lo demás que amenazaba, sintió ablandársele el alma presa del miedo y terminó por abandonar su salvación.

Pero el relato del escrito susodicho demuestra que este hombre se lanzó ante el tribunal con los demás bastante precipitadamen­te y no con la cautela debida.

A sí, pues, una vez apresado, propor­cionó a todos un ejemplo manifiesto de que no es lícito arriesgarse en tales empresas temeraria e incautamente.

Así terminaba lo que se refería a estos hombres. Por lo que hace al admirabilísimo Policarpo, al pronto, cuando oyó estas cosas, no se turbó; siguió observando firme e inmutablemente sus costumbres y quería permanecer allí, en la ciudad.

Mas persuadido por las súplicas de los que le rodeaban y por los que le exhortaban a alejarse en secreto, se retiró a una finca no muy distante de la ciudad, y allí pasaba su tiempo en compañía de unos pocos, no haciendo otra cosa noche y día que perseverar en la oración al Señor. En ella pedía y suplicaba la paz, reclamándola para las iglesias de todo el mundo, cosa, por lo demás, que de siempre fue costumbre suya. Y fue mientras oraba, en visión que tuvo de noche tres días antes de su prendimiento, cuando vio que la almohada de su cabecera se consumía por completo abrasada por el fuego.

Despertado ante el hecho, al punto interpretó para los presentes lo ocurrido, adivinando casi el porvenir, y anunció claramente a los circunstantes que él había de morir por Cristo en el fuego. Así, pues, cuando los que andaban buscándole con toda presteza se hallaban ya encima, se dice que él se mudó a otra finca, forzado nuevamente por la disposición y el amor de los hermanos, y allí se personaron no mucho después los perseguidores, que detuvieron a dos criados.

A uno de ellos lo sometieron a torturas y por él dieron con el paradero de Policarpo. Como se presentaron a una hora tardía, lo encontraron acostado en una habitación del piso superior, desde donde le era posible pasarse a otra casa; pero no quiso hacerlo y dijo : '¡Cúmplase la voluntad de Dios! .

Efectivamente, cuando se enteró de que estaban allí— como dice el relato— , bajó y se puso a conversar con ellos, con el rostro radiante y lleno de suavidad, de suerte que aquellos que anterior­mente no le conocían creían estar viendo un prodigio, al considerar su avanzada edad y su porte venerable y firme, y se admiraban de tanto afán por prender a un anciano.

Pero él, sin tardar, manda al punto que les pongan la mesa; luego les invita a participar del abundante almuerzo y les pide una sola hora para poder orar tranquilo.

Como ellos se lo permitieron, se levantó y se puso a orar, lleno de la gracia de Dios. Los presentes estaban asombrados oyéndole orar, y muchos de ellos se arrepen­tían ya de que hubiera de ser ejecutado un anciano tan venerable y digno de Dios. Después de lo dicho, el escrito que trata de él, continúa la narración literalmente como sigue: «Cuando terminó su oración, después de hacer memoria de todos cuantos en su vida había tratado, pequeños y grandes, ilustres y plebeyos, y de toda la Iglesia que es una, esparcida por toda la tierra habitada, cuando llegó la hora de partir, lo sentaron a lomos de un asno y lo condujeron a la ciudad.

Era día de gran sábado . Le salieron al encuentro el irenarca Herodes y su padre, Nicetas, lo hicieron subir a su carro, lo sentaron a su lado y trataban de persuadirle diciendo: * ¿Pero qué mal hay en decir: ¡César es el Señor! y en sacrificar y con ello salvar la vida’ ? »Policarpo, al principio , no contestaba, pero al insistir ellos, dijo : ‘No tengo intención de hacer lo que me aconsejáis*. Al no lograr su intento de persuadirle, comenzaron a decirle palabras terribles y le hicieron bajar a toda prisa, tanto que al descender del carro se hizo un rasguño en la espinilla. Pero él, sin volverse, como si nada le hubiera ocurrido, se puso animosamente a caminar con prisa, conducido al estadio. »Era tal el ruido en el estadio, que muchos no podían oír.

Al entrar Policarpo en el estadio, sobrevino una voz del cielo: ¡Sé fuerte, Policarpo, y pórtate como un hombre!. Nadie vio al que habló, pero muchos de los nuestros oyeron la voz. »Cuando le iban conduciendo se armó un gran tu multo por parte de los que se enteraban de que habían prendido a Policarpo.

Luego, cuando se hubo aproximado, le preguntó el procónsul si era él Policarpo. Habiéndolo él confesado, aquél intentó persuadirle a que renegase, diciendo: 'Ten consideración a tu edad’ , y otras cosas parecidas a éstas, como tienen por costumbre decir: 'Jura por el genio del César. Cambia de pensar. Di: '¡Mueran los ateos!. Mas Policarpo miró con rostro severo a toda la chusma que se hallaba en el estadio, agitó hacia ellos su mano y, entre sollozos y alzando la vista al cielo , dijo: ¡Mueran los ateos! .

Pero al urgirle el gobernador y decirle: 'Jura y te soltaré; maldice a Cristo, Policarpo dijo: 'Ochenta y seis años vengo sirviéndole y ningún mal me hizo. ¿Y cómo puedo blasfemar contra mi rey, que me ha salvado?' .

Como insistiese de nuevo el procónsul y dijese: '¡Jura por la suerte del César!’, Policarpo replicó: ,Si abrigas la vana pretensión de que yo jure por el genio del César, como tú dices, simulando que ignoras quién soy yo, con franqueza, escucha: soy cristiano. Pero si es que quieres aprender la doctrina del cristianismo, dame un día y escucha. »Dijo el procónsul: 'Convence al pueblo’ . Policarpo replicó: 'A ti te considero digno de mi discurso, pues se nos ha enseñado rendir el honor debido a las autoridades y potestades establecidas por Dios , mientras no sea en detrimento nuestro; pero a ésos no les considero dignos de que me defienda ante ellos’ . »Y el procónsul dijo: 'Tengo fieras. A ellas te arrojaré si no mudas tu parecer’ . Pero él respondió: 'Llámalas, porque para nosotros no es posible cambiar de parecer si se va de lo mejor a lo peor. Lo bueno es cambiar de lo malo a lo justo ’ . »Insistió el procónsul: 'Como no te arrepientas, haré que el fuego te someta si desprecias las fieras’ . Policarpo dijo: 'Amenazas con un fuego que arde algún tiem po, mas al cabo de poco se apaga. Y es que ignoras el fuego del juicio futuro y del castigo eterno, reservado a los impíos. Pero ¿por qué tardas? Trae lo que quieras’.

Mientras decía esto y otras muchas cosas más, se iba llenando de valor y de alegría, y su rostro rebosaba de gracia, hasta el punto de que no solamente no cayó él en la confusión por las cosas que se le decían, sino que, al contrario, fue el procónsul quien se puso fuera de sí y llamó al heraldo para que en medio del estadio pregonara tres veces: 'Policarpo ha confesado que él es cristiano*. »Cuando el heraldo hubo dicho esto, toda la chusma de gentiles y de judíos que habitaban Esmirna se puso a gritar con el ánimo desbocado y gran vocerío: 'Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, el que ha enseñado a muchos a no sacrificar y a no adorar*. »A la vez que decían esto, gritaban más y más, y pedían al magistrado Felipe que lanzase un león contra Policarpo. Dijo él que no podía, por estar concluido el combate de fieras. Entonces les pareció bien ponerse todos a gritar a una que se quemara vivo a Policarpo. »Y es que debía cumplirse lo de la visión que tuvo relativa a su almohada cuando, mientras oraba, la vio consumirse abrasada y, volviéndose hacia los fieles que estaban con él, les dijo en tono profético: 'Tengo que ser quemado vivo*. »Esto, pues, se hizo más de prisa que se dijo.

Las turbas atroparon de los talleres y de los baños madera y leña menuda. Los más entusiastas en colaborar a la tarea fueron, como acostum­ bran, los judíos. »Cuando la hoguera estuvo lista, Policarpo se despojó de todos sus vestidos y, desciñéndose, trataba de soltar su calzado también, cosa que antes no hacía porque siempre cada fiel se afanaba por ser él quien primero tocase su piel; porque en todo momento, antes incluso de peinar canas, se le había honrado a causa de su santa vida.

»En seguida, pues, fueron colocando en torno a él los ins­trumentos preparados para la hoguera, mas, cuando ya iban incluso a clavarlo, díjoles él: 'Dejadme así, porque quien me da el esperar a pie firme el fuego, me dará también, sin que sea necesaria la se­guridad de vuestros clavos, el mantenerme firme en la hoguera. Y no lo clavaron, sino que le ataron.

»Con sus manos a la espalda y amarrado como un carnero egregio que es sacado de un gran rebaño como holocausto aceptable a Dios todopoderoso, dijo: »'Padre de tu amado y bendito Hijo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento acerca de ti, Dios de los ángeles, de las potestades, de toda la creación y de toda la raza de los justos que viven en presencia tuya: Te bendigo porque me has juzgado digno de este día y de esta hora, para tener parte, entre el número de los mártires, en el cáliz de tu Cristo para resurrección de vida eterna, tanto del alma como del cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. »¡Ojalá sea yo recibido en tu presencia hoy, con ellos, en sacrificio pingüe y aceptable!, según lo preparaste de antemano, como de antemano lo manifestaste y lo cumpliste, ¡oh Dios sin mentira y veraz! »Por esta razón, y por todas las cosas, te alabo, te bendigo, te glorifico, por medio del eterno y sumo sacerdote Jesucristo, tu Hijo amado, por el cual sea gloria a ti, con El en el Espíritu Santo, ahora y en los siglos venideros. Amén ’ .

»Cuando hubo pronunciado el 'amén’ y terminado su ora­ción, los encargados del fuego encendieron el fuego, mas, hacién­ dose una gran llamarada, vimos un prodigio, aquellos a quienes fue dado verlo y que hemos sido conservados para anunciar a los demás lo ocurrido. »Y es que el fuego, formando una especie de bóveda, como la vela de un navio henchida por el viento, protegió el cuerpo del mártir como una muralla en torno. Y él estaba en medio, no como carne quemada, sino como oro y plata candentes en el horno . Y nosotros, a la verdad, percibíamos una fragancia tal, como exhalada por el incienso o por cualquier otro aroma precioso. »Al fin, viendo aquellos impíos que el cuerpo no podía ser consumido por el fuego, ordenaron al gladiador de entrenamiento que se acercase y hundiera en él su espada; »hecho lo cual, brotó un caudal de sangre, tan grande que apagó el fuego y dejó asombrada a toda la muchedumbre que veía la gran diferencia entre los infieles y los elegidos.

Uno de éstos elegidos fue este hombre, admirable por lo demás, maestro apostólico y profético de nuestros días, obispo que fue de la iglesia unida de Esmirna. Efectivamente, toda palabra que salió de su boca se ha cumplido y se cumplirá. »Mas el rival y envidioso maligno, adversario de la raza de los justos, al ver la grandeza de su martirio y la vida irreprochable que había llevado desde el principio y que estaba ya coronado con la corona de la incorrupción y tenía ya logrado un premio indiscutible, dispuso las cosas de tal manera que nosotros no recogié­ramos su cuerpo, aunque eran muchos los que deseaban hacerlo y tener parte en sus santos despojos. «Algunos, pues, sugirieron a Nicetas, padre de Herodes y hermano de Alce, solicitar del gobernador que no entregase el cuerpo del mártir, 'no sea que— dijo — dejando al crucificado, co­miencen a rendirculto a ése* . Y decían esto por sugerencia y por presión de los judíos, que también vigilaban cuando nosotros íbamos a recogerlo de la hoguera. Y es que ignoran que nosotros jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación de todos los que en el mundo entero se salvan ni rendir culto a ningún otro. «Porque a éste lo adoramos por ser Hijo de Dios; a los már­tires, en cambio, los amamos justamente porque son discípulos e imitadores del Señor, a causa de su insuperable benevolencia para con su propio rey y maestro. ¡Ojalá también nosotros fuéramos par­tícipes de su suerte y condiscípulos suyos! «Viendo, pues, el centurión la porfía de los judíos, puso el cuerpo en medio, como era costumbre, y lo quemó. Y así nosotros, luego, retiramos sus huesos, más estimables que las piedras precio­sas y mejor acrisolados que el oro, y los guardamos en lugar con­ veniente. «Allí, reunidos en cuanto nos sea posible, jubilosos y ale­gres, el Señor nos concederá celebrar el día natalicio de su martirio , para memoria de los que ya han luchado y para ejercicio y prepara­ ción de los que habrán de luchar. »Tal fue el final del bienaventurado Policarpo.

A unque hacía el número doce de los martirizados en Esmirna, junto con los de Filadelfia, él es el único de quien todos más se acuerdan, hasta el punto de que incluso los paganos están hablando de él en todas partes. De tal final se hizo digno el admirable y apostólico Policar­po, cuyo relato expusieron los hermanos de la iglesia de Esmirna en la carta que de ellos hemos citado. En ese mismo escrito que trata de él van adjuntos otros martirios que tuvieron lugar en la misma Esmirna por el mismo tiempo que el martirio de Policarpo. De Historia La Iglesia Libro IV -Eusebio de Cesarea.